La Economía del Bien Común pero sin propiedad común

Pedro Luis López Sánchez. La Estrategia Global

Christian FelberChristian Felber, uno de los fundadores de la Banca Democrática, habló el viernes 15 de febrero en Murcia de la Economía del Bien Común. La Economía del Bien Común se presenta como un sistema económico alternativo basado en cinco principios fundamentales: la dignidad humana, la solidaridad, la cooperación, la responsabilidad ecológica y la empatía. En la práctica, esto significa que aquellas empresas que les guíen esos principios y valores deben obtener ventajas legales que les permitan sobrevivir a los valores del lucro y la competencia actuales. Es decir, si no lo he entendido mal, estas empresas deben poder competir en el mercado en mejor posición que las empresas que no respetan estos valores, presuponiendo que haya realmente competencia en el mercado y por otra parte que haya unos Estados democráticos capaces de imponer una serie de reglas a la competencia, lo cuál ya es mucho presuponer.

Lo que más llama la atención es la fastuosidad y la pomposidad del nombre, Economía del Bien Común. Sorprende que llamándose Economía del Bien Común no se mencione nada sobre la propiedad común, y ni hablar de ponerla como base de este sistema. Para que nos hagamos una idea, esto es como hablar de socialismo sin socializar, o de capitalismo sin capital. Y es que da la sensación que aquí se trata de lanzar ocurrencias morales para dulcificar el capitalismo, pero nada de hablar de propiedad, no vaya a ser que abramos la caja de Pandora y molestemos a cierta gente. Aún así, hay que reconocer que Felber, tímidamente, es partidario de poner ciertos límites a la propiedad privada sobre los medios de producción y a la herencia.

Hay que reconocer también cierta aportación, la inclusión de los conceptos de costos sociales y ambientales en la producción. La extinta URSS, por ejemplo, tenía un sistema excesivamente basado en mejorar la producción y los costes de producción, el productivismo soviético, lo que quizá esté en el origen de la catástrofe ecológica mundial de Chernobyl. La energía nuclear podría parecer una fuente relativamente barata de producir grandes cantidades de energía, pero si le añadimos los costes sociales y ambientales de los diferentes desastres acontecidos a lo largo de la historia, recordando el reciente desastre de Fukushima, seguramente llegaremos a la conclusión que es más cara de lo que podría parecernos en un principio. Por lo tanto, los costes sociales y ambientales deben ser tenidos en cuenta en la conveniencia o no de cierta producción.

Dicho esto, creo que debemos retomar el concepto de justicia para repensar el sistema económico. Decía Confucio que allá «donde hay justicia no hay pobreza», sacando la justicia del plano moral – religioso y llevándola al plano materialista. El problema principal del sistema capitalista no es una cuestión moral, es una cuestión material, es un sistema que crea grandes desigualdades económicas y sociales a nivel nacional e internacional. En el origen de estas desigualdades, la acumulación de la mayoría de capitales en unas pocas manos, se encuentra sin duda, la propiedad privada sobre los medios de producción. Pongamos un par de ejemplos.

En este país a algunos se les llena la boca para hablar de productividad y competitividad. Habiendo renunciado ya al consumo interno (ellos lo saben muy bien, son los mismos que están sacando grandes capitales del país), están basando la recuperación en las exportaciones (que digo yo, que si todos exportamos, ¿qué países importarán?), y para eso tenemos que ser más productivos y más competitivos que nuestros competidores. Para ello la única vía posible es «desgraciadamente, trabajar más para cobrar menos» (dijo un empresario de éxito ahora encerrado en la cárcel por fraude). Es curioso, siguiendo esta lógica, uno de los factores que afectan más a la competitividad es el precio de la energía, pero esto parece estar fuera de todo debate. El mercado liberalizado de la energía es un oligopolio, dado que los productores (los que venden) y las comercializadoras (las que compran) son prácticamente los mismos, donde los costes reales de producción son opacos, no se conocen. Dudo mucho que poniendo puntos negativos o positivos a estas empresas, como plantea la Economía del Bien Común, vayamos a solucionar esta problemática, pues de hecho no hay competencia. He aquí el origen de la injusticia, unos señores se apropiaron de unas empresas estatales a través de vergonzosas privatizaciones y se están enriqueciendo pactando precios y con prácticas mafiosas sobre un sector de vital importancia para el bienestar y el desarrollo del país. No es un problema moral, el problema es la propiedad y la privatización de los beneficios.

Otro ejemplo es la tierra. La tierra no es de nadie, nadie se la pueda apropiar a costa de la miseria de la mayoría. A pesar de lo que pueda parecer, la duquesa de Alba no llegó a Andalucía y creó la tierra bajo sus pies y el cielo sobre ella, ni tampoco dijo «he aquí mi creación, mi propiedad». La casa de Alba mantiene grandes cantidades de tierras paradas, gracias a subvenciones europeas que se calculan por terreno y no por producción, en una región donde más del 30% de los trabajadores están en paro. Y aunque la casa de Alba trate muy bien a los trabajadores que tiene empleados y sea la empresa más ecológica del planeta, lo que le daría muchos puntos de la Economía del Bien Común, sigue existiendo una injusticia material, esas tierras deberían dar trabajo a mucha más gente y los beneficios deberían ser repartidos y socializados. Otra vez, la injusticia parte de la propiedad privada sobre los medios de producción.

Estamos llenos de buenas intenciones, de códigos de buenas prácticas, de grandes valores, de declaraciones magníficas como la universalidad de los Derechos Humanos, de Economías del Bien Común y de moralinas varias; pero si como sociedad no atajamos y resolvemos los orígenes de la injusticia económica y social todas estas exaltaciones morales valen menos que nada.

Pedro Luis López Sánchez, @estrateglobal

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