Hugo Chávez, el clinamen. Una despedida materialista

Juan Domingo Sánchez. Iohannes Maurus

Chavez

Se fue el comandante Chávez. Nos quedamos con este mundo que sigue oliendo a azufre y en el que hay tanto por hacer para lograr una vida libre y digna para todos. Pero ese mundo, hoy está en movimiento. La Bestia sigue gobernando, pero empieza a retroceder. En los feroces años 80, parecía invencible. Gracias a algunos personajes pintorescos, valientes y entrañables que venían de la mejor tradición latinoamericana, el Subcomandante Marcos y el comandante Hugo Chávez Frías, seguidos de otros muchos y de millones de personas, supimos que lo peor no era necesario e irremediable. Supimos que la opresión y la explotación, que el racismo y el colonialismo podían ser combatidos con éxito: no eran por lo tanto fenómenos “naturales” y “necesarios” como la ley de la gravedad. Sostiene Lucrecio en su poema De la Naturaleza que los átomos caerían todos ellos en línea recta como la lluvia con una necesidad invencible, si, de vez en cuando, sin que se pueda nunca saber como ni cuando, uno de esos átomos no se desviase de su curso. Solo esa desviación (clinamen) permite que los átomos se encuentren, se unan entre sí en cuerpos y exista un mundo. Chávez, en la larga noche de piedra, en la larga y fría lluvia de piedras que caía en los años 80 y a principios de los noventa sobre los que creíamos posible un mundo que fuera muchos mundos y donde todos cupieran, nos hizo ver más que una esperanza, la realidad tangible de esa desviación del curso “normal” y horrible de las cosas. ¿Quién no recuerda aquél momento en que muchos, muchísimos, fuimos Chávez, cuando en la tribuna de las Naciones Unidas que acababa de ocupar Bush, el presidente de la Venezuela bolivariana afirmó: “aquí huele a azufre”? La Bestia acababa en efecto de pasar por ahí. Casi nadie quiso verla, menos Hugo Chávez. Ese mismo Hugo Chávez a quien incumbió el honor -en nombre de millones de personas- de irritar diciendo verdades al heredero de Francisco Franco, que rompiendo el protocolo de una cumbre Iberoamericana le dijo chulescamente “¿Por qué no te callas?”

Hoy que se ha ido el comandante, es necesaria la máxima alerta y una solidaridad activa con la revolución bolivariana. Lo más importante es seguir adelante con todos  los procesos de resistencia y de liberación en curso. La mejor solidaridad con un proceso revolucionario es repetirlo en condiciones distintas. Replicar la revolución bolivariana, la revolución bonita, incluso aquí en Europa, sobre todo aquí en Europa. No hay tiempo que podamos dedicar exclusivamente al duelo y a las lágrimas, a pesar de la tristeza, de la pérdida de quien muchos consideramos un compañero, un amigo, un hermano, uno de nosotros, un hombre cualquiera presidiendo una república y encabezando una revolución. Gracias a Chávez, la idea de que otro mundo es posible se fue confirmando en la práctica después de décadas de contrarrevolución neoliberal, de tristeza y de oscurantismo. Gracias a Chávez, América Latina se atrevió a cambiar y sigue adelante un proceso muy alentador en muchos de sus países. En América Latina, al igual que en Europa y en el resto del mundo, tenemos en marcha una “revolución bonita” que nos costará mucho esfuerzo y muchas dificultades, pero que nos permitirá salir de la oscuridad y ser libres.

Hasta siempre, comandante. Tus actos valientes seguirán produciendo efectos por muchas generaciones. ¡Venceremos!

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