Ni borbones, ni patrones, ni candados: Repúblicas anticapitalistas

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República y derecho a decidir

Tomás Martínez, militante de Izquierda Anticapitalista-Granada

Lo confieso: fui antes republicano que anticapitalista. Hasta hace poco tuve colgada en mi habitación la bandera de 1931, fetiche que me recordaba que era de izquierdas, sin saber que estaba inconscientemente echando el cerrojo y las siete llaves al sepulcro del Cid y asumiendo la España del régimen del 78. Ahora no tengo colgada ninguna: tendría que colgar las de tantas repúblicas como pueblos que quieran ser libres para decidir su futuro.

“Una República de trabajadores de toda clase” rezaba el título preliminar de aquella Constitución. ¿De toda clase? No, muchas gracias. Los trabajadores sólo conocemos una clase, que yo sepa. La república de repúblicas que haremos (porque no vendrán solas de paseo, habrá que traerlas desde la calle) serán anticapitalistas, de ruptura, arrancadas a base de victoriosas conquistas obreras, o no serán. Para una república de pactos a la defensiva que enseñen músculo de las migajas conseguidas nos quedamos como estamos. El espíritu republicano que inspiraba al primer Zapatero ahora es el chirrido de las genuflexiones de los dos fieles y alternantes soldaditos de plomo cada vez que salen a sujetar al Borbón y familia ante un nuevo tropezón, ya sea de caza en Botswana, cerrando negocios con el rey saudí, entre las sábanas con Corinna o moviendo cielo, tierra y fiscalía para que su hija lista, Cristina, salga indemne del desliz Urdangarín. La hemofilia se ha transformado en descarada cleptofilia campechana.

Un régimen devorado por sus propios gusanos, escracheado por quienes han perdido el miedo tras sacrificarse para sanear la banca, exige una purga. No pueden quedar incubados los huevos de la “transacción” que nos hicieron, esa modélica farsa calderoniana orquestada y televisada a punta de pistola, cuyos espectadores ahora no tienen asegurada la jubilación y tienen a sus hijos de vuelta en casa. Aquellos pactos de la Moncloa que hicieron cómplice al PCE exigen autocrítica de la labor apuntaladora del régimen si IU quiere ser creíble. ¿Y una vez descabezado el Borbón? No podemos coquetear con el gatopardo de Lampedusa y dar la bienvenida a repúblicas con la Zarzuela vacía. Habrá que subir también al patíbulo a quienes imponen moral y credo a nuestros cuerpos y escuelas, a los que desde sus despachos dictan ajustes e indefinidas contrarreformas laborales y seccionan sueldos, pensiones y sueños condenando a los jóvenes al exilio, aquél que nunca conoció en Estoril el padre de Juan Carlos.

Las repúblicas que alcanzaremos serán sin confesionarios ni patrones o no serán. De nada sirve esperar a que la justicia del reino logre enchironar socialmente a toda la familia del cuento que tantas veces nos contaron, para que sigan sometiendo a los trabajadores Botín, Rosell y Cayetano de Alba, entre otros, desde sus inexpugnables alcázares. Las repúblicas que lograremos deben derrocar por completo un régimen y asediar un sistema económico que nos ha asfixiado por encima de sus posibilidades, para ser repúblicas sin súbditos, explotados, precarios ni desahuciados.

Aún estamos lejos de que los de arriba ya no puedan y los de en medio basculen decididamente, pero un mito atado y bien atado se está resquebrajando, la calle está cambiando de dueños y la hoja de servicios del elefanticida está impregnada de típex, transparentándose todo. Tiremos de la cadena, pero usemos luego la escobilla.

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