De la religión al deporte, del opio a la cocaína

Manuel Garí. Vientosur.info

panycirco

Sí no se ha equivocado. Acierta usted si al leer el título del artículo infiere que afirmo, parafraseando a Marx y copiando descaradamente sus metáforas, que el deporte es la cocaína del pueblo. Purito polvo blanco para las gentes de abajo. Religión y deporte son complejos fenómenos en el avatar humano. Tuvieron y tienen un importante papel civilizatorio. Han jugado y juegan papeles muy diferentes en distintos momentos y sus significados no siempre son unívocos. Uno de ellos -y no el menor- es que ambos, religión/opio y deporte/coca son dos formas de dopar al cuerpo social para que olvide la miseria cotidiana. La una adormece, la otra suministra un “subidón” de adrenalina que concluye en desplome. Ambas enajenan.

Ahora bien, no se preocupen ustedes, no proclamo el sedentarismo. No soy contrario la práctica deportiva, máxime en un mundo urbano y una sociedad cercados por el colesterol y los triglicéridos. Menos aún estoy en contra del juego que comporta el deporte como tal. Juego que exige esfuerzo individual pero también ponerse de acuerdo entre varios para practicarlo y/o para hacerlo más agradable. Es el deporte-superación, deporte-cooperación y deporte-diversión. El deporte que tantas alegrías da a menores y mayores en las campas rojizas de Mali, las playas brasileñas, los descampados asiáticos o los patios de los colegios y polideportivos (allí donde los hay). Es el deporte necesario, el que teje sociedad, el que confiere protagonismo a las gentes, el que forja personalidades. No me refiero a ese.

La mala droga es el deporte espectáculo, el deporte de élite, profesionalizado y mercantilizado: el deporte-enfrentamiento, perfectamente funcional con la ideología neoliberal: la vida es competición. Conviene que recordemos que sin gladiadores no hay circo y que de un circo se trata. No es un asunto nuevo y con razón afirma Daniel Vázquez Sallés que “ Las distintas edades de la historia han tenido el deporte que merecían las retinas sedientas de espectáculo de sus ciudadanos”. Y podríamos añadir, que el espectáculo deportivo tuvo una constante: siempre fue impulsado por los poderosos (panem et circenses), particularmente si faltaba el primer término de la ecuación del engaño.

Los motivos de esta reflexión

Esta incursión en una actividad, el deporte, que tan poco me quita el sueño surgió frente al esperpento Madrid2020. No por el traído y llevado “ relaxing cup of café con leche” de la nueva Elizabeth Barrett Browning encarnada en Ana Botella, alcaldesa accidental endeudada, que ordenó el pasado marzo rellenar las calvas del césped en los jardines del recorrido del grupo de expertos evaluadores del COI con césped artificial al paso de la comitiva, para acto seguido quitarlo. Tampoco por los gritos de auto ánimo e intimidación del adversario emitidos al modo de los kiwis neozelandeses por los guerreros Mariano Rajoy (España, socio fiable y exportador, con proyecto austero de juegos innovador en su siglo), Ignacio González (Comunidad de Madrid, Suma de Todos, que logra un crecimiento del PIB del 0,10%) o Alejandro Blanco (el incombustible COE portador de una incomprendida candidatura olímpica conceptual) que con sus paletos discursos amenizaron al personal del COI, candidatos que iban de sobrados hasta que llegó el veredicto de Jacques Rogge. Ni siquiera me preocupa la imagen de la reata de acompañantes político-empresariales que volaron y zamparon “de gratis” por Buenos Aires –gracias a las arcas públicas y las coimas privadas de empresas interesadas en el evento- y que en número cercano a los 350 formaban el coro de una ópera bufa con argumento de pillos, conseguidores y maleantes, o sea la escuadra española al completo.

Me preocupa e impacta que hubiera miles de personas, con mucha probabilidad desempleadas o precarias, llorando en la Puerta de Alcalá porque se hubiera desvanecido el despropósito del sueño olímpico. Esta gente realmente creyó las patrañas sobre el empleo que manaría de los Juegos, se sintió parte de una mayoría favorable a su realización que alcanzó, según la candidatura Madrid 2020, un porcentaje tan elevado que no tenía precedentes ni siquiera en la Bulgaria estalinista, y aceptó que todo el gasto ya estaba hecho sin preguntarse entonces por qué tanto interés de ACS y OLH. Esta gente, pese a la dramática situación del austericidio, no se detuvo a pensar en los más de 8.000 millones que posiblemente se hayan desperdiciado, ni pidió las cuentas de inmediato. Unas cuentas opacas, misteriosas y malolientes en manos de las tres administraciones concurrentes, en las que lo público y lo privado se confunden a favor de los bolsillos personales y a expensas de las arcas comunes. Esa gente, impenitentes perdedores en esta sociedad capitalista, soñó con ser triunfadores al rebufo de un “nosotros” colectivo y patriótico que (seguro, seguro) iba a conseguir la nominación de los juegos para Madrid.

Los mismos que levantaron las falsas, y en todo caso necias, expectativas comenzaron de inmediato, tras el fallo del COI, a intentar convertir el henchido patriotismo del “somos los mejores con la mejor candidatura” en victimismo colectivo del no nos comprenden o, aún peor, nos traicionan. La defensa del “honor nacional” hace decir idioteces a los sabios (sea cual sea la nación a honrar) y en este caso no fue excepción, máxime cuando no se trataba de genios precisamente. Pero el fiasco ha sido de tal magnitud y la crisis social y política que atraviesa la sociedad de tal envergadura que quienes intentaron hacer de las Olimpiadas su pase a una nueva mayoría electoral absoluta han tenido muchas dificultades para impulsar la nueva felonía. Y, aprovecho para decirlo, no hemos tenido que soportar tampoco –si hubieran concedido la sede olímpica a Madrid- la insoportable soberbia y altanería de los señoritos que nos gobiernan.

Esto es lo que califico de esperpento Madrid2020. Esto es lo que me preocupa y, por ello defiendo que hay que ir más allá de la crítica a la gestión de la candidatura olímpica para, de forma consecuente, pasar por la crítica el olimpismo mismo, del deporte espectáculo en su totalidad.

Primer paso: no dejar pasar la cosa

Nadie desde las instituciones ni desde la calle está exigiendo cuentas claras. Lástima no tener fuerza para impulsar una auditoría ciudadana veraz. Pero tampoco nadie demanda con rotundidad la dimisión de quienes desde sus puestos políticos malgastaron, hicieron creer a la buena gente que sus colegas del COI –nido de comisionistas y plutócratas- iban a colaborar en el nuevo pelotazo que nos sacaría de la recesión de nuevo vía construcción y farándula siguiendo el viejo modelo productivo aznariano e intentaron embarcar al país en la burbuja emocional olímpica.

Nadie ha criticado a los analistas de bolsa que como los de Bankinter de forma interesada nos decían hace unas semanas ” Recomendamos tomar posiciones en FCC y ACS en las jornadas previas a la decisión del Comité Olímpico Internacional (COI)“. Nadie ha sacado los colores a De Guindos, célebre por augurar hace diez años que los valores inmobiliarios no podían depreciarse mientras conspiraba desde cuevas como Lehman Brothers, por afirmar que la concesión de los Juegos de 2020 a Madrid tendría “unos efectos fundamentales en el intangible” (…) ” Más que el impacto concreto en las variables macroeconómicas, es un tema de confianza. La consecución de los Juegos sería fundamental” para la economía. ¿La de quien?

En Madrid2020 ningún medio de comunicación comercial importante tuvo un discurso propio y ninguno efectúo una información veraz, documentada y neutral. Todos ellos, formaron parte del monolítico fervorín olímpico. Cierto es que quienes mejor se situaron en la carrera patria fueron los medios de derecha y ultraderecha que nos han brindado páginas impagables. Ninguno efectúo la mínima investigación sobre las afirmaciones que vertían los de arriba y se han convertido en voceros, han hecho la ola a la reata COE / Botella / CLECE / ACS / González / CEIM / Rajoy/ OLH / EULEN…: la grande bouffe. En resumen los medios de comunicación (prensa, radio y televisiones) no han diferenciado, como buenos palmeros, entre información, opinión, publicidad y propaganda.

Y… ¿qué decir de la colaboración vergonzante del PSOE con la candidatura olímpica o del apoyo acrítico de baja intensidad que le han prestado los sindicatos mayoritarios y una parte de la izquierda institucionalizada? ¿Qué pensar del ruidoso silencio posterior que unos y otros han venido manteniendo tras el fracaso y la puesta en evidencia de la estafa de Madrid2020? Pues que no tienen proyecto propio, motivador y diferenciado, sobre la salida de la crisis que les permita ofrecerse como alternativa a las políticas que intentan reeditar el viejo modelo productivo. Ni tienen el coraje para desmarcarse del discurso iluso que representa la vía de crecimiento capitalista, en éste caso teñido de “espíritu olímpico”. Les da pavor “no salir en la foto”. Y, así no pueden continuar: cada día que pasa pesan menos. Ellos verán.

No es deporte, es negocio

Dejémonos de eufemismos. Los arriba nombrados y algunos otros copan buena parte de la obra civil e inmobiliaria, también de los servicios en instalaciones públicas y terminales de transporte o en el grueso del negocio hostelero en España, de ahí su interés olímpico. Pero, además, en el deporte de élite concurren connivencias políticas y financieras en el nivel internacional en las que participan gobiernos e inversores en una economía globalizada. Basta hacer un “Quien es quien” en el COI, la FIFA o cualquier otro organismo similar. Y parece que mandan sobre mucha gente; según un informe de la FIFA en 2006 el volumen de la industria-deporte empleó en su conjunto a 270 millones de personas en todo el mundo. Muchas parecen pero no soy yo quien discuta con tan reputada entidad.

En los palcos de los estadios se cierran grandes negocios y en las reuniones internacionales se reparten mercados. En gran parte de las arterias deportivas hay un doping del que nadie habla: blanqueo de dinero y cajas B. Como en todo negocio capitalista hay una parte visible y supuestamente honorable y otra, sin más, mafiosa. Como en todo el entramado capitalista la corrupción es un factor de primer orden. El negocio abarca muchas facetas y ámbitos: comisionistas y organizadores deportivos, deportistas, inversores, medios de comunicación, periodistas, esponsorizadores, marcas deportivas y marcas comerciales, merchandising, políticos, oligarcas y países. La puesta en valor mercantil del deporte es un fenómeno del siglo XX. Y es producto de varios factores.

En primer lugar, el salto del deporte-placer al deporte-competición impulsó la división social del trabajo y con ella la profesionalización. Se instituyó la dualidad practicante-espectador. Y con ello el deporte se transformó en mercancía como resultado del interés deportivo creciente de amplias capas de la población de los países industrializados dispuestas a pagar por ver. El espectáculo deportivo suministró y suministra la adrenalina que la vida cotidiana no suministra al común de los mortales. La sociedad de mercado genera frustración, insatisfacción y miseria moral, el evento deportivo permite al obeso ganar los 100 metros lisos desde su butaca. Ser otro.

En segundo lugar los medios de comunicación –fueran especializados o generalistas- encontraron la gallina de los huevos de oro en la información deportiva y comenzaron a hacer de intermediarios y cronistas entre el hecho deportivo y los aficionados (consumidores). Aún hoy en plena crisis económica que ha significado una reducción del 20% de ingresos por publicidad en los medios, el recurso al deporte –que coloniza al conjunto- es una tabla de salvación. Para comprobarlo basta hacer una planilla horaria de la SER por ejemplo o contar el número de páginas o portadas dedicadas al deporte en El País.

Los gobiernos vieron en el deporte un potencial aliado para las aglutinar voluntades y hacer olvidar los problemas. La burguesía de cada país hizo del deporte un amortiguador del conflicto social. En el plano internacional el deporte pasó a formar parte de las maniobras diplomáticas (el último ridículo de la marca España tiene esa raíz). El deporte evolucionó hasta convertirse en una religión, la más poderosa “de todas las religiones diseñadas en el siglo XX” según Manuel Vázquez Montalbán. Una religión cuyas tablas de la ley vienen fijadas por el binomio coste / beneficio.

El gran salto comercial se dio cuando se rebasaron las fronteras nacionales y el deporte internacionalizó sus espectadores y los medios sus audiencias. El acta de nacimiento de la globalización deportiva podemos fijarla en la retrasmisión televisiva -el 20 de octubre de 1974 desde Kinshasa (Zaire) -del campeonato del mundo de pesos pesados financiado por Mobutu -necesitado de una operación de marketing a escala mundial- entre dos colosos negros norteamericanos, el campeón George Foreman y Muhammad Ali, que lo había ganado como Cassius Clay pero había sido desposeído del título por negarse a combatir en la maldita guerra de Vietnam. Directamente siguieron el combate 60.000 personas, por la televisión, millones. El mercado deportivo mundial había nacido.

Qué lejos estamos, tras los contratos de Bale y Cristiano, del anuncio que insertó en 1899 en la revista Los Deportes – especializada en crónicas de atletismo, boxeo y ciclismo- el suizo Hans Gamper en el que dio a conocer que buscaba “compañeros para jugar al foot-ball en Barcelona”. Ya no estamos ante el fenómeno de grandes atletas que hace vibrar a las masas, estamos ante profesionales indecentemente retribuidos, hombres-anuncio que representan grandes marcas de manera colectiva (como equipo) o individualmente. El anuncio no anunciado, publicidad encubierta que se difunde por los medios, en el estadio, la valla, la camiseta, la cinta, el chándal o las zapatillas… en unos acontecimientos que los medios de comunicación, sobre todo televisión, llevan al último rincón del planeta. Por eso en el caso español Botín patrocinó la Copa Libertadores de América y el BBVA la Liga, pero a nivel internacional es lo que explica la presencia de Heineken, Sony, Unicredit, Master Card, Play Station y Ford en diversas manifestaciones deportivas en las que actúan como patrocinadores-mecenas. Con más razón aún aquellas empresas que tienen mayor relación con lo deportivo: Nike, Reebok y Adidas. ¡Vaya listado de angelitos!

Lástima que no haya una fuerza política con peso electoral y un movimiento social con energía suficiente para galopar hasta enterrarlos, a todos ellos, politicastros y negociantes, en el mar. Pero por algo hay que empezar: digamos alto y claro, allí dónde podamos: ¡mintieron, embaucaron y estafaron al pueblo!

Manuel Garí forma parte de la redacción de VIENTO SUR

Artículo en pdf.

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