La CUP-AE y la regeneración política

César Castañón Ares

David Zapatilla

El pasado 11 de noviembre, David Fernández, diputado de la CUP-AE (Candidatura d’Unitat Popular-Alternativa d’Esquerres) en el Parlament de Catalunya, tuvo la oportunidad de enfrentarse cara a cara nada menos que con el ex-ministro de Economía de Jose María Aznar, ex-gerente del FMI y ex-director de Bankia, Rodrigo Rato. No la desaprovechó. La imagen de Fernández blandiendo un zapato en sede parlamentaria y sus acusaciones al imputado Rato https://www.youtube.com/watch?v=wbX… han sido objeto de comentarios -en general, burdos- en los medios de mayor difusión del Estado español Como este no es un hecho aislado, sino un ejemplo más de las intervenciones de Fernández, aprovecharé la ocasión para hacer algunas reflexiones acerca de lo que, para la política y la democracia, significa la forma de actuar de la CUP-AE en el Parlament.

En términos globales, podemos afirmar que la política parlamentaria, tal y como hoy la conocemos, es una actividad de honoratiores; es decir, que la mayoría de las personas que ocupan un asiento en el Parlament de Catalunya o en el Congreso de los Diputados -no digamos ya en el Senado- tienen, además de su salario público, una fuente de ingresos extra. Por ejemplo, si hubiese una moción para eliminar los salarios de los diputados -cosa que podría formar parte del programa de Ciutadans, y que en Castilla-La Mancha ya ha sido propuesto por el PP- y estos votasen exclusivamente en función de si podrían seguir ejerciendo su cargo después de la votación, la moción saldría adelante. Observado así, podríamos definir el Parlament y el Congreso como espacios en los que gentes acomodadas se encuentran para discutir de algunas cosas, y aprobar algunas de ellas. La realidad, de facto, no es muy diferente.

Desde que -hace ya cinco años- estallara la burbuja financiera estadounidense, y con ella se iniciara una de las mayores crisis de la historia del capitalismo, hemos visto cada vez más claramente que la capacidad de decisión de los Gobiernos y los Parlamentos democráticamente elegidos es escasísima. Los temas de los que se puede hablar en sede parlamentaria están limitados por su viabilidad económica inmediata; y si no se ajustan a las líneas maestras diseñadas por las instituciones internacionales (el BCE, el FMI y la Comisión Europea: la famosa Troika), nadie se atreve siquiera a discutirlos: “pueden tener consecuencias catastróficas”. Esta es la forma en la que, actualmente, se expresa el dominio de la economía sobre la política, a un nivel que ningún economista clásico -de Adam Smith a John Maynard Keynes, pasando por Karl Marx- podía imaginar.

Frente a la situación descrita, las reacciones de parte de un Partido político que aspira a representar los intereses de las clases populares, pueden ser de dos tipos. La primera, la más extendida, es entender que efectivamente la actividad parlamentaria se encuentra en manos de unas pocas personas ilustres y sometida a los intereses económicos dominantes, que son los del neoliberalismo, por tanto, que en un sitio como ese el único recurso posible es adaptarse a las formas y hacer propuestas que puedan ser viables para los intereses dominantes. Esta sería, a grandes rasgos y con contadas excepciones, la actitud que Iniciativa per Catalunya-Verds (ICV) e Izquierda Unida (IU) tienen en su actividad parlamentaria. No es extraño, por tanto, que Cayo Lara haya descalificado la actuación de David Fernández[1]. Normalmente nos plantearíamos que esta es la forma seria que la izquierda tiene de hacer política: con buenos modales, formas correctas y planteando propuestas asumibles. La realidad demuestra que esta es una forma impolítica de intervenir en el Parlamento, con la que sólo se contribuye a que el grueso de la población deje que considerar útiles la política y la democracia.

La segunda posible reacción frente a la actual situación consiste en entender que un Parlamento es un lugar destinado a la política. De hecho, es prácticamente el único lugar en el que actualmente se puede hacer política -aunque normalmente no se haga-, y la CUP-AE, consciente o inconscientemente, lo está aprovechando. Observemos que la única razón por la cual David Fernández ha podido estar cara a cara con Rodrigo Rato es por su condición de diputado; y que el único motivo por el cual ha podido enseñarle un zapato y llamarle “gángster” sin ser detenido y acusado de algo muy grave, es por su condición de diputado. ¿Significa esto que Fernández piensa cosas muy diferentes sobre Rato de las que pueden pensar Joan Herrera o Dolors Camats (lideres de ICV)? Seguramente no. La diferencia entre una y otra formación, en este caso, es que la CUP-AE no ha renunciado a hacer política en el Parlament de Catalunya; ni a la posibilidad de situar la política por encima de la economía, como se requiere en cualquier sistema para poder llamarlo democrático.

Desde que se hundiera la Unión Soviética y el neoliberalismo afirmase, triunfal, el fin de la historia, las condiciones para la política han cambiado sustancialmente. Durante estos últimos veinte años, -en el movimiento antiglobalización primero, en el 15M después- ha imperado la idea de que la política -entendida como lucha de poder- era una forma de relación social a destruir, que podíamos crear algo mejor que la política. Algunas de las personas que durante años defendieron estas posiciones dieron su apoyo a las CUP-AE en las últimas elecciones, y quizá el mismo David Fernández pensó esto en algún momento. No obstante, no me cabe ninguna duda de que lo que la CUP-AE está consiguiendo con su actividad parlamentaria, poco a poco, es la regeneración de la política y de la democracia; y estoy seguro de que los procesos de repolitización social, de reconstrucción de la conciencia de clase que se están dando en la actualidad en Catalunya se ven positivamente influenciados por esa actividad.

Y para terminar, espero que este artículo sirva para empecemos a plantearnos que significa “regeneración política”. Para los partidos del espectáculo, que hacen campañas electorales a golpe de crédito bancario, en los que sus cargos son políticos profesionales, y que construyen su programa a base de encuestas; para estos, regeneración política significa obediencia, significa que no haya movilización social, que el pueblo acate lo que se aprueba en los parlamentos y que las elecciones las gane quien tiene que ganarlas -los honoratiores que antes mencionábamos-. Para quienes creemos en la política y en la democracia, la regeneración no puede ser otra cosa que la participación activa de la mayoría social en la política y el control de ésta sobre la economía.

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